¿CÓMO SE TRANSMITE EL VIRUS?

En tiempos de COVID-19 nadie sabe realmente nada de forma definitiva sobre de dónde surgió, cómo se transmite en todos los casos, por qué afecta más a unos y menos a otros y cuál es el tratamiento más eficaz, si lo es alguno. Tampoco sabemos si los curados lo están o tendrán problemas a largo plazo, o si el próximo invierno será distinto, será otra cosa o no será. Por no saber, no sabemos ni el espectro de síntomas que da el maldito virus, ya que cada día surgen nuevos datos que agrandan el cuadro clínico.

Virus de la fiebre amarilla

Alguien dirá que cómo es posible. Pues porque ha pasado muy poco tiempo y algunos datos necesitan de tiempo y experimentación de calidad. Por eso es tan sorprendente leer, no ya hoy, sino hace 45 días cosas como «el COVID-19 no afecta a tal grupo», o «esto no tiene ningún riesgo de transmisión, incluso aporta beneficios». Son buenas ideas e intenciones, pero es más real decir que aún no se sabe. No pasa nada por ignorar cosas.

Y un ejemplo de esto es el mecanismo de transmisión. Aunque las gotas y los fómites (los objetos donde esas gotas caen) parecen la forma de contagio, cada vez más las guías abren la puerta a una transmisión por el aire, al menos, por gotas que pueden quedar en el aire más de lo previsto. Entre esas guías la de la OMS y la del Ministerio de Sanidad en España. Lo sabremos definitivamente cuando la oleada haya pasado.

Esto me recuerda al desastre del 98.

La guerra que España perdió contra Estados Unidos en 1898, en Cuba, la ganaron oficialmente los americanos, pero extraoficialmente el vencedor fue la fiebre amarilla. Por sí sola, mató un gran número de soldados de ambos bandos, y siguió haciéndolo terminada la guerra. De hecho, los españoles mataron a unos 1000 americanos, y la fiebre amarilla a 5000. La cosa está clara.

Mujer con fiebre amarilla

La fiebre amarilla la crea un virus, y está junto con el Ébola y el Dengue, en el grupo de las fiebres hemorrágicas virales, pero a finales del siglo XIX y principios de XX no se sabía. De hecho, ni se sabía cómo se transmitía. Morían en Cuba cientos de personas al día y no estaba nada claro el medio por el que una persona enfermaba y otra no.

Vómito negro, otra forma de llamar a la fiebre amarilla

La fiebre amarilla era llamada por los españoles el «vómito negro»: fiebre elevada, cefalea intensa, dolores corporales extenuantes, coloración amarilla de la piel  y hemorragias, que llevaban a la muerte a la persona en pocos días. Hoy se sabe que muchos tienen solo una fase inicial más leve, pero un 15% ,tras una mejoría, empeoran bruscamente Desde el siglo XVII, que se describió en Sudamérica, se fue extendiendo por el Caribe, África y por Norteamérica, especialmente en las ciudades costeras.

Fiebre amarilla en Barcelona, 1821 En 1730 se inició una epidemia en Cartagena que se extenió por toda Europa, llegando hasta Rusia. No diréis que no hacen cosas los cartageneros además de independizarse.

Sabéis que existía una corriente que decía que las enfermedades se producían por miasmas, sustancias corruptas provenientes del aire que pasaba por las aguas estancadas y zonas pantanosas. Esos miasmas se creían que estaban detrás de la fiebre amarilla y de la malaria (mal aire en italiano), aunque ahora conocemos que la relación no era el aire, sino un mosquito que te pica que vive por esos lares.

Fiebre amarilla en Valencia, Aparicio, 1806.

La otra teoría, cada vez más en boga, decía que las enfermedades las producía algún microbio, tan en candelero desde Pasteur. Por eso, un médico llamado Sanarelli dijo encontrar en muertos por fiebre amarilla una nueva bacteria llamada Bacilus icteroides, que sería la causante. Pero solo él creyó en ella.

Los británicos la llamaban «Yellow Jack», no por el color amarillo de la piel, sino por la bandera que izaban los barcos en cuarentena

Un médico cubano había dicho en la década de 1880 que la fiebre amarilla, fuera lo que fuese lo que lo producía, se transmitía por picaduras de mosquitos, pero tuvo el problema de no poder demostrarlo. Se llamaba Carlos Finlay. Usó soldados españoles y jesuitas recién llegados a la isla y los exponía a picaduras de mosquitos que habían estado picando a enfermos en sus primeros días de enfermedad. Consiguió varios casos de fiebre menor, y 2 muertes, pero en muchos otros no pasó nada, por lo que al final se dejó a un lado su teoría. De hecho, lo ridiculizaron bastante, llamándole «el doctor mosquito».

En 1898 se descubrió que el mosquito Anopheles transmitía la malaria y esto impulsó la teoría del mosquito y la fiebre amarilla de nuevo, pero sin poder descartar que la transmisión fuera persona a persona o por fómites, por contacto.

Los americanos encargaron a un médico, Sternberg, la creación de una comisión para dilucidar cómo demonios se transmitía de verdad la fiebre amarilla, porque les iba el éxito militar en ello. La dirigiría un tal Reed, y algunos  de sus colaboradores se llamaban Lazear y Carroll.

Versión idealizada de la comisión

Concluyeron que la famosa bacteria de Sanarelli, encontrada en muy pocas de las autopsias de los soldados muertos en Cuba, el Bacilus icteroides, no era la causante. Entonces buscaron al médico cubano Finlay, que les prestó hasta mosquitos que habían picado a soldados con fiebre amarilla, y usaron a 9 voluntarios para que se dejasen picar.

El resultado fue muy malo (o bueno): ninguno se infectó de nada.

La verdadera comisión

Uno de los miembros del equipo, acabó usando a dos compañeros más para que les picasen los mosquitos. Y estaba vez estuvieron los dos a punto de morir por fiebre amarilla. Los mismos mosquitos, Aedes aegypti.  Descubrió que los mosquitos debían picar a un enfermo en los primeros dias de enfermedad, y luego dejar pasar al menos 12 días para que al picar a un paciente sano, este enfermara. Es decir, el mosquito empezaba a contagiar la fiebre amarilla tras 12 días, y tenía que haber picado a un enfermo en sus primeros días de enfermedad, cosa que el médico cubano Finlay no sabía, por eso obtuvo resultados tan dispares.

Al poco, Lazear murió de fiebre amarilla.

El campamento Lazear

Reed, que tenía ya muchas pruebas sobre los mosquitos, decidió que aún había que afinar más, y montó un campamento de experimentación fuera de La Habana, al que llamó Campamento Lazear  y que ha pasado a la historia de la Medicina. Quería saber si además de los mosquitos, se podía transmitir de alguna otra forma. Así, ideó dos barracones separados entre sí. Uno era el barracón de los «infectados», donde metieron ropas, sábanas, pertenencias, etc, de varios soldados fallecidos de fiebre amarilla. Y no solo sus pertenencias tal cual: todas estaban llenas de vómitos, heces y otros fluidos de aquellos pobres desgraciados. No había mosquitos y no podían entrar desde fuera. Consiguió que 3 voluntarios pasaran allí varios días (20) y no les pasó nada.

Barracón 1 o de fómites. Eso sí que es un confinamiento. 0 estrellas en tripadvidsory, por otro lado.

En otra prueba, hizo lo mismo, pero un soldado tenía que dormir encima de una sábana llena de sangre de un enfermo que había fallecido. Tampoco pasó nada. De asco tampoco se murió.

El otro barracón tenía dos habitaciones herméticas. En una había soldados sin contacto con mosquitos, y en la otra, metieron a soldados rodeados de mosquitos que hacía ya muchos días que habían picado a personas con fiebre amarilla. El resultado fue el esperado: en la zona de mosquitos, los soldados fueron picados y desarrollaron fiebre amarilla. En la otra habitación, no.

El barracón de los mosquitos

Para terminar de rematar el estudio, Reed inyectó sangre de un enfermo a otro soldado no expuesto  y desarrolló la enfermedad.

Barracón número 1, en 1948

La conclusión era clara: la fiebre amarilla se transmitía por sangre inyectada y por picadura de mosquitos Aedes aegypti tras 12 días de incubación. Solo así, nada más. El contacto físico continuo o el contacto con fómites no era causa de infección.

Aedes aegypti

Fueron 18 americanos y 18 españoles los sujetos con los que Reed y su equipo experimentaron. A uno de ellos le llegaron a picar 15 veces un mosquito con fiebre amarilla, que ya es casi gusto. Todos sobrevivieron al estudio.

Visto ahora parece una barbaridad, pero dos cosas lo justifican plenamente. La primera es que no se conocía que ningún otro animal tuviera fiebre amarilla, y por tanto difícilmente podían usar a alguno (más adelante se encontró que ciertos monos de África también la tienen); y la segunda, es que es la primera vez que se hizo un experimento tras firmar un consentimiento informado sobre lo que se iba a hacer y los riesgos. En español también, que había dos versiones del papel. Y en las dos se decía que tratamiento tratamiento, no había. Muchos se ofrecieron porque creían que de todas formas se iban a contagiar y así quizá tendrían más posibilidades.

Reed finalmente murió de una apendicitis complicada, porque esa es otra de las enfermedades ahora casi banales que hasta hace poco eran casi siempre mortales.

Gracias a lo que se aprendió del mosquito, se consiguió luchar contra la fiebre amarilla y que muchas ciudades dejaran de tener epidemias.

Lo primero que hay que hacer para empezar el canal de Panamá es acabar con la fiebre amarilla.

Gracias también a esto, el Canal de Panamá se construyó con menos pérdidas humanas.

Encontrar al verdadero virus, el de la fiebre amarilla, es otra historia. Había otros mosquitos diferentes, fue en África y resulta que algunos monos también la  padecían.

Max Theiler recibió el Nobel de Medicina en 1951 por haber descubierto la vacuna.

Las ojeras aún están esperando una solución.

Actualmente se cree que mueren entre 40.000 y 60.000 personas al año por fiebre amarilla. Aquí información de la OMS fiebre amarilla

Quizá a alguien le suene Reed y Sternberg  de la célula de Reed-Sternberg que se aprecia en los linfomas de Hodgkin principalmente. También se llaman células en ojo de búho. Estaría bien que fuera por estos dos, pero no. Es por otro Reed y otro Sternberg. Lástima.

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18 comentarios

  1. José Ramón

    Dr. Walter Reed, tiene estatua en el gran Hospital Militar de Washington DC que lleva su nombre.

  2. Miguel Ángel Perez Corona

    Excelente redacción y narrativa, me gustó mucho esta historia. Felicidades.

  3. Céasr Gavilán

    Muy interesante! Me ha encantado. Gracias

  4. Hasta que he leído lo del consentimiento informado me imaginaba a los soldados cambiándose las guardias nocturnas o calabozos por picaduras de mosquito, O al sargento motivándolos a punta de bayoneta. No sé, me sigue pareciendo una barbaridad, pero algo consiguieron. Gran artículo, como siempre que te pones a ello.

    • Mi reino por un caballo

      Algunos dicen que el consentimiento, donde se expresaba con claridad que podían morir, era un contrato. 100 dólares por participar; 100 por enfermar; 100 por morir. Y asistencia sanitaria del mejor nivel posible en la isla. Dentro de todo es mejor que experimentos posteriores donde se engañó a la gente, como el de Tusgge

      • Acabo de mirar ese, era el de la sífilis y los afroamericanos, no? En realidad escribo porque estoy intentando entrar mi reino por un caballo Facebook y no puedo. Has eliminado página?

        • Mi reino por un caballo

          Sí, es que no he escrito así el nombre. He quitado la página, solo me insultaban últimamente, y no estoy para eso

          • Pues lo lamento, que te insulten (porqué? no pareces un independetista) y que hayas quitado el fb. Cuando colgabas imágenes de obras de arte sobre la lactancia las solía compartir, ahora me han desaparecido los enlaces. Podrías hacer una entrada de lactancia y volverlas a colgar. O colgar las imágenes a secas. Ahora lamento no haberme bajado algunas a carpeta. Ánimo.

          • Mi reino por un caballo

            Nos vemos en twitter 😉

  5. Caro Sosa

    Excelente!

  6. Joan López Ferré

    Es usted un auténtico crack! Da gusto Leerle.

    • Mi reino por un caballo

      Bueno, tengo mis cosas como todo el mundo. Yo no estuve allí, por lo que se entiende que lo he leido en otros sitios y hago una mezcla. Un abrazo

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