#CHERNOBYL PARA NIÑOS (cuando había calzoncillos con radio)

Ahora que está en auge la serie Chernobyl, parece que la radiactividad ha vuelto a ser un tema del que se hable. Yo nunca he estado en esa ciudad, y mis recuerdos se ciñen a una revista que sacaban en mi pueblo en la época, y en la que me llamó la atención porque avisaban de que nadie comiera pájaros (una afición como otra cualquiera), por si venían desde la Unión Soviética y acabar contaminándote. Con 9 años, creo que eso fue lo que más me llamó la atención, porque las noticias que la televisión introducía en el salón de mi casa eran como una película, algo que nunca te va a pasar a ti.  Dicen que la infancia es no saber que existe el futuro, y creo que viví en la felicidad de la ignorancia durante años. También venían al pueblo algunos niños desde el país soviético todos los veranos, y eran niños y niñas rubios, blancos, altos y de aspecto saludable. No sé cómo, pero de alguna forma, una vez hablé con ellos, o con alguien que los acogía, y me sorprendió que eran niños con posibilidades económicas (esos en concreto), creyendo yo hasta entonces que venían por temas humanitarios. Siendo ya residente de pediatría, un día, en la consulta de endocrinología, apareció un autobús de niños bielorrusos, que venían a que les sacaran sangre y les tocáramos el cuello en busca de tumoraciones en el tiroides.

Campaña para concienciar sobre la beneficiosa que es. Hasta Disney hizo una campaña.

Desde entonces, y hasta Fukushima, la radiactividad era algo asociado a los Curie, a que era peligrosa de forma difusa y a que también servía, y mucho, en Medicina.

Los Simpson reflejan, aunque se nos olvide, el peligro de las centrales nucleares. Y de la condición humana.

La historia siempre se repite, en un ciclo como el siguiente. Algo se descubre, se pone de moda, sirve para algo, se le achacan propiedades milagrosas, se usa para cualquier cosa…y tiempo después, se ve que algunas fueron unas barbaridades. Y a otra cosa, mariposa. Se ve hoy en día con casi cualquier tema. Cuando algo está de moda, se explota hasta decir basta, y todo tiene algo de «eso». Seguro que todos tenéis varios temas en la cabeza que están cada 3 minutos en los medios.

Con la radiactividad, al inicio, pasó algo parecido. Desde su descubrimiento a finales del siglo XIX, se supo que tenía cualidades médicas. Cuando se descubrió el radio, se pudo obtener radiactividad de forma más sencilla. Y se pensó que sería buena para todo: desde pasta de dientes a pintura para relojes y que pudieran verse por la noche, etc. La época dorada del uso libre de la radiactividad fue la de los años 20.

Del libro, The Romance of Radium, disponible aquí

Tanto es así que en 1950 se comercializó un pequeño laboratorio atómico para niños, que emitía su dosis de radiación correspondiente. Era el laboratorio de energía atómica de Gilbert, y no duró ni un año en el mercado, pero se vendieron casi 5000 unidades.

Difícil de creer, pero cierto.

Debía ser un regalo impresionante para un niño.

En el tema de la belleza, la marca Thoradia fue una pionera, ya que disponía de cremas de belleza, pintalabios y otras cosas por el estilo. Radiantes debían estar con eso.

Pero no era la única empresa que prometía belleza usando radiación. La piel podría regenerarse, eso sí, pero a peor

Lo de que la regenera, es una forma de hablar.

También había cuchillas que apuraban mucho a la hora de afeitar.

Hasta el hueso si te despistabas.

Era el elixir de la eterna juventud, mejoraba todo el cuerpo. Algo así como el no tomar azúcar de ahora.

Algunas empresas decidieron vender agua radiactiva, como la Radiathor, que fue un éxito, hasta que un atleta llamado Eben Byers murió a consecuencia de los efectos de la radiactividad.

Se bebía las botellas de Rhadiator,  como si viviera en Sevilla o Murcia, unas 1400 unidades.

Y puestos a abarcar con la radiactividad todas las actividades de la vida, hicieron preservativos, crema dentífrica, e incluso chocolate.

Por ello no es de extrañar que la radiación también se usara en el tema sexual y reproductivo. Se vendieron supositorios para aumentar la fuerza sexual e incluso uno calzoncillos radiactivos que prometían aumentar la fertilidad. Todo probado científicamente, por supuesto.

Desde luego que hacían efecto, pero además de infertilidad, a alguno tuvo que provocarle cáncer.

Y lo feos que son.

El tema de poder ver la hora en un reloj sin darle a la luz era novedoso, por eso se pintaba con pintura de radio las agujas y los números.

Muchos de los usos anteriores eran anecdóticos, y posiblemente no muy inseguros, pero sí lo era para los que los fabricaban o consumían en exceso. La pintura para relojes,  llevó a la muerte a un grupo de mujeres, conocido como las Clock Girls, porque chupaban el pincel con el que pintaban los números, ya que les decían que la pintura no tenía efectos secundarios, solo rubor en las mejillas, y se necesitaba que estuvieran puntiagudos para tan delicado trabajo.

No solo había relojes radiactivos, sino que la lana radiactiva era ideal para los bebés.

Y no solo tenía efecto en humanos, también hacía crecer las plantas.

Hace crecer las cosas, como los tumores.

Esto no lo hizo ni el de Bricomanía.

Desde el punto de vista médico, también se creía que servía, de forma intravenosa, para tratar la anemia perniciosa, la artritis y hasta el insomnio.

En este contexto de inicios del siglo XX se entiende mejor la acogida que tuvo radiar los timos de los bebés para evitar el síndrome de la muerte súbita del lactante. Hacían que los timos se redujeran de tamaño, y se acababa el problema. O no, mira en el siguiente enlace Cuando se radiaban los timos para evitar el SMSL.

Actualmente, la gente va a Chernobyl a subir fotos y videos en Instagram. Volvemos a olvidar rápido.

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MANUAL PARA PADRES PRIMERIZOS

 

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1 Comentario

  1. Esther madre de Héctor e Irene

    Que pena que se comercie todo sin tener en cuenta el final….

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