Mi compañero de habitación

Vivir en un hospital por culpa de una enfermedad es un fastidio, pero si eres niño como yo, la situación es mucho peor, ya que no puedes jugar con nadie de fuera, ni salir a la calle, al parque o ir al cine ni nada parecido. Por eso, uno va asimilando que ahora toca estar así, y empieza a fijarse en cosas que el resto de pacientes no ven porque están demasiado centrados en curarse y en irse. En mí, esa fase hace tiempo que ya pasó.

Aunque las enfermeras son muy buenas, realmente juegan poco con los niños. Al principio conmigo lo hacían, pero al ver que mi situación no mejoraba de forma clara, se fueron olvidando de mí; es cierto que ya soy mayorcito y que a lo mejor es que les da hasta reparo que los payasos hospitalarios me digan cosas, por lo que yo pudiera decir. Ya me lavo yo solo y todo; tengo pelos donde ni sabía que los tendría.

Va a hacer dos años desde que entré, y los recuerdos de la calle se me desdibujan poco a poco. Tenía una pelota, muy vieja, que me gustaba mucho, pero que nunca me han traído. Es extraño que sea lo que más echo de menos. No otras cosas, sino la pelota. Me gusta mucho jugar al fútbol. A veces con unas gasas y esparadrapo, cuando hay menos gente, por la noche, hago una especie de pelota y meto goles imaginarios por esos pasillos, pero casi siempre acabo corriendo porque alguna enfermera viene a ver quién hace tanto jaleo. Por ahora no me han pillado, y eso que una pierna la tengo regular.

Todos los días es parecido. Llegan las enfermeras, con su cambio de turno. Si estabas durmiendo te despiertan, eso hay que saberlo, no respetan el descanso de la gente. Luego más tarde aparecen los médicos, oteando, entran y salen. Algunos ni te miran. Te hacen alguna prueba, te ponen sueros que van variando de color o de lo que llevan escrito, y luego se van. Así día tras día. Día tras día.

Al principio pasaba jornadas enteras leyendo en la bilblioteca, siempre me ha gustado leer, pero, no me he enterado por qué, ahora está cerrada y esa diversión ya pertenece al pasado. Además, estaba ya un poco aburrido del Pirata Garrapata y otros cuentos para niños.

En ocasiones me da por pasear en busca de aventuras, por otras plantas. Nadie me dice ya nada porque me he convertido en una pieza más del hospital, parte del decorado. Realmente seré de los que más tiempo llevan aquí. A veces voy a ver a los recién nacidos a la maternidad; tan pequeños que dan ganas de estrujarlos; otras, me asomo a las habitaciones de los abuelos. Siempre tiene una conversación, una anécdota que contar. La mayoría de ellos están solos, los visitan poco, incluso a algunos de ellos nadie viene a verlos, por lo que creo que yo, en parte, les doy conversación para entretenerlos. Me cuentan historias que me cuesta creer, aunque yo pongo cara de estar muy interesado y de no dudar nada. Imagino que hago de nieto de muchos de ellos. Es muy triste estar solo.

Como poco, no tengo mucho apetito. A veces me duele demasiado la barriga y estoy un día entero sin poder pensar ni siquiera en la comida.

Alguna vez he salido al patio que hay dentro del hospital, pero ha sido de forma furtiva, sé que ahí no debo ir. En una ocasión otro paciente se lo dijo a un cuidador, que yo estaba por allí, y la cosa se lió un poco. Otro sitio que no suelo visitar es la UCI, ya que está siempre llena de gente, y todos están muy tristes. No me gusta ese sitio.

Como llevo tanto tiempo, intentan no meter a nadie en mi habitación, pero a veces pasa. En la última semana han ingresado a mi lado a un niño más pequeño que yo, pelirrojo, y con cara de asustado. Tiene algo en los huesos de la pierna, aún le están haciendo pruebas, pero lo lleva con resignación. Eso creo. Me recuerda a mí cuando entré por primera vez en el hospital. En ese momento aún no sabía lo que era un sarcoma de Ewing; a mí Ewing solo me sonaba por Patrick Ewing, un jugador de baloncesto de la NBA de la época de mi padre, creo. Pero no, era algo malo.

Mi padre. No ha podido llevar bien mi enfermedad, y las cosas con mi madre se torcieron. Se han roto. Mi padre ya no viene nunca, y mi madre viene de vez en cuando, se ha hecho voluntaria de la asociación de padres de niños con cáncer, y realmente cuando viene se vuelca en ayudar a otros niños. Es como una terapia para ella. Y estoy un poco enfadado con ella, parece que no soy su hijo.

Como decía, el nuevo compañero me recuerda a mí hace tan solo dos años. Aún tenía pelo y todo, qué cosas. Es gracioso, yo creo que cuando se le pase el miedo inicial, seremos amigos. Por ahora no habla casi nunca y se limita a cerrar los ojos y a llorar. A veces me mira, pero realmente nunca quiere hablar. Es comprensible. Se le ha caído el mundo encima. Yo estuve enfadado con el mundo durante un tiempo, maldiciendo por qué me había tocado a mí y esas cosas. Es bastante sencillo: no hay causas, las cosas pasan, y hay que aceptarlas.

Este pelirrojo creo que tendrá para una buena temporada. El más veterano cuando yo llegué me lo dejó claro, si te ibas pronto era una mala noticia, lo deseable era estar mucho tiempo ingresado, cada día era una victoria. Por eso me he ido acostumbrando a encariñarme poco de los compañeros y de otros niños del hospital. No merece la pena si el ingreso es rápido; si se descubre que era una falsa alarma, se van pronto y si están muy mal se los llevan a otras zonas del hospital.

Mi cama es la que da a la ventana. No es mala cama, un poco fría, pero las vistas son buenas. Se ve una granja que tiene vacas. Por lo menos hay 25, pero a veces no las distingo bien del todo, creo que la medicación tiene algo que ver, o quizá la herencia de mis padres llevaba también que no viera casi nada de lejos.

Ayer vinieron a ver al pelirrojo el resto de su familia. Yo estaba en la cama, ni me moví, pero desde el otro lado de la cortina conté por lo menos a 10 personas, por sus voces. Un pequeñín de unos 5 años la descorrió un poco y me saludó. Era otro pelirrojo, seguro que su hermano, con unos ojos muy grandes, de esos que no parpadean. Me preguntó quién era y qué hacía allí.

-¿Con quién hablas?-dijo la madre del pequeño pelirrojo.

-¿Es que tú no lo ves?-contestó él girando la cabeza hacia su madre.

 

Feliz Halloween.

 

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10 Comments

  1. Pero yo estaba tan tranquila y triste leyendo cuando llego al final y pegué un suspiro que quiso ser grito ahogado… y casi me caigo de la bicicleta…

  2. Francisco Javier Santos Arévalo

    Joroba, qué facilidad para pasar de entradas cachondísimas a entradas tenebrosas y tristes… Me ha encantado.

  3. Qué historia más tristísima… cuántas habrá! Quizás deberíamos recordarlo con más frecuencia… Gracias y feliz Samain! 🙂

  4. Esperanza Gómez Harriero

    OMG!!!

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