Hasta ese momento había asistido casi en volandas, llevada por mi marido y familiares, sin pensar en lo que realmente significaba.  Era un día de fiesta, casi como ir al cine y yo era una espectadora más. Mi marido venía algo antes del trabajo, se cambiaba de ropa, incluso se peinaba. A veces la cara de su ilusión delataba que iba a asistir a un espectáculo, su espectáculo, el de ver a su futuro hijo. Yo me dejaba llevar, era como un premio poder salir con un CD con las imágenes del niño, y pronto las pasaría al móvil y las compartiríamos con nuestros amigos. El día de la noticia fue el mejor día de nuestras vidas, y en la primera ecografía, cuando entre las palabras del ginecólogo yo solamente veía moverse algo que era como un corazoncito acelerado, creí verle llorar, a escondidas. Habíamos pasado muchos malos momentos intentando llegar aquí y por fin estaba en nuestras vidas. Nunca volveríamos a ser 2, sino 3

En la semana 12 ya sabíamos que se llamaba Lucas, y que sería un niño fuerte y juguetón, toda la familia y amigos estaban esperándolo, y yo estaba algo ansiosa porque habíamos preparado la sesión siguiente con mucho mimo, ya que sería con 4D y por fin le veríamos la cara, no solamente con las imágenes en blanco y negro donde, si os digo la verdad, yo no veía nada. Me limitaba a asentir a lo que el ginecólogo decía con cara de tonta, sin entender ni una pizca. Como todas.

Por eso me sorprendió que nos dijera tan poco, y que la sesión la dejaríamos para otro día si nos parecía bien.
Al principio creí que tendría un mal día, algún problema en la clínica o quizá simplemente estaba cansado. Tantas horas en el hospital y luego en su consulta por las tardes debían dejarle factura, además de la del dinero, claro. Decían en el chat de mis amigas que estaba separándose, aunque es posible que fueran rumores. Era demasiado joven para eso. Cuando miré a mi marido y él apartó la vista, intentando mirar con más intensidad la pantalla, comprendí que algo no estaba yendo bien. A veces una no quiere saber la verdad por miedo a que se la digan, y permanecí en silencio, con los ojos cerrados, no queriendo yo romper mi ilusión de un mundo ideal.¿No íbamos a hacer la 4D? ¿cómo decírselo a mi madre?
Puso más gel en mi barriga.
Su cara lo decía todo. Algo estaba pasando.Yo no podía ni tragar.
No logro recordar la excusa que puso para salir, pero lo hizo. Al rato vino con otra compañera, algo más mayor, con unas gafas atadas a un cordón sobre el pecho. Sin saludarnos, como si fuéramos muebles y no una madre semidesnuda y asustada y un padre acongojado, volvió a repetir los pasos previos de la ecografía. Yo en ese momento no quería hacer ya la 4D. Solo quería salir de allí y llorar.
la ecografia prenatal de lucas
Al parecer Lucas tenía algo en la cabeza que hasta ahora no se había visto, y no me podían decir si era normal o no. No me podía decir nada, pero me lo estaban diciendo todo. Mi marido apretó mi mano, pero yo no podía hacer lo mismo. Solo pensaba en Lucas.
No entendía que tuvieran aquellas caras y al mismo tiempo dijesen también que lo más probable es que todo fuera normal.No se mojaban en nada o eso me parecía a mí. Sin muchas más explicaciones nos aplazaron para 2 semanas más tarde, y yo ya no sé qué más dijeron porque las lágrimas no me dejaban escuchar, como cuando una pasa tras la caída de una cascada, estaba dentro de mi burbuja.  Recuerdo que durante la inseminación nos dijeron que todo estaba perfecto, y en las primeras ecografías también. Y ahora estos ginecólogos dicen que hay un problema. Al principio creíamos que lo harían por cubrirse las espaldas, para que si luego no era nada, curarse en salud. También nos dijeron muchas veces que era casi imposible que me quedara embarazada y ahora Lucas les demostraba que estaban equivocados. Eso me decía mi marido, pero sé que no es lo que pensaba. Mi amiga Pilar tuvo una experiencia con unos quistes de su bebé en la cabeza, que al final no fueron nada, y pasó un embarazo muy malo pensando en eso. Eso debía ser, una falsa alarma.
Un día mi marido volvió del trabajo algo menos cabizbajo que en los días previos y me dijo que montara en el coche, que en la vecina ciudad había un especialista muy bueno. Se lo había recomendado su jefe. Él nos sacaría de dudas, él nos diría que Lucas estaba bien. Seguro, la ecografía depende mucho de quién la hace, según había leído en algunos foros de internet y este hombre era hasta profesor en la universidad.
Los títulos colgados de las paredes nunca me impresionaron, más al contrario, me parecían presuntuosos. Este era de los que empapelaba la pared de forma intimidatoria. Tras hablar con algo de desprecio de mi ginecólogo, o eso me pareció a mí en el tono de su voz, volvió a colocar su transductor en mi barriga. Para mí era una especie de cordón umbilical artificial, porque era el que me conectaba con Lucas de forma directa.
No sonrió.
Confirmaba que había un problema en la cabeza, y además creía que los riñones estaban dilatados, los dos, y con algún quiste, y que probablemente no estaban funcionando bien, ya que había poco líquido en el saco. Este médico no llamó a nadie más y yo no supe a quién contárselo. Alguna vez escuché de una clienta que su hijo tenía los riñones dilatados y le hacían pruebas los pediatras, pero las veces que lo vi tenía muy buen aspecto, la verdad.
Me deba vergüenza decirle a mi ginecólogo que había ido a otro movida por el deseo de que se equivocara, especialmente ahora que sabía que no era así.
No dormía. No comía. Me sorprendí a mi misma pensando, a ratos que la culpa era mía, a ratos que la culpa era de mi marido, por no tener un semen suficientemente válido. Los anuncios de televisión me irritaban profundamente, las llamadas de mis amigas quedaban sin contestar, silencié el chat, no quería que me preguntaran nada sobre Lucas, sobre cómo iba a nacer, qué ropa quería de regalo, qué canastilla sería la mejor ni otras cosas que ahora me parecían ridículas, bastante tenía con el día a día.
 la ecografía `prenatal de lucas
¿La ecografía no era solamente para ver las caritas de los bebés? ¿no era solo para saber el sexo? ¿por qué nadie me había dicho lo importantes que eran?
Cuando volvimos a nuestro primer ginecólogo ya entramos serios, pero esta vez él sonreía, lo que me dio una esperanza tímida. El gel de la ecografía estaba más frío de lo habitual o eso me parecía a mí. Volvió a ver lo de la cabeza y nos contó también lo de los riñones y que había poco líquido.Nos ofreció hacer una amniocentesis, que básicamente consistía, según dijo, en pinchar la barriga para estudiar la genética del niño “aún que estamos a tiempo”. Esa frase me pareció aterradora pero después comprobé que mi marido no lo había entendido. En la clínica de fertilidad no le hicimos pruebas antes de la fecundación porque nosotros estamos sanos, creíamos que no hacía falta.
-¿Qué habrá querido decir con eso de “aún estamos a tiempo?-dijo
-¡¿Qué va a querer decir?! que aún estamos a tiempo de abortar si se descubre algún problema genético-respondí yo molesta por su falta de entendimiento.
-¿Tú quieres tenerlo?
A ese pregunta yo no supe qué contestar, y eso me dolió muchísimo. Creía que siempre querría tenerlo, era lo que más deseaba en el mundo y me horroricé de dudar. Era la peor madre del mundo. ¿Si lo iba a querer igual por qué hacerme la prueba? ¿Si no iba a abortar, por qué hacerme la prueba? ¿Solo quería un niño perfecto? ¿qué quería mi marido que contestara?
Hacía tiempo que ya no lo nombrabamos como Lucas.
Hoy el día amanecío con una bruma que hacía prever lluvia, pero el sol de la mañana la disipó implacablemente. Ya eran casi las 10 de la mañana y estaba abriendo al público mi tienda de ropa de premamá cuando recibí la llamada. Era mi ginecólogo. Tenía que hablarnos del resultado del bebé.
Del resultado de Lucas.

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