Hasta hace menos de 100 años, en algunos lugares de España, y también de sudamérica, la muerte de un niño se celebraba con una fiesta. En lugar de los llantos y penas que habitualmente acompañan a estas situaciones, se optaba por cantar, bailar y tocar melodías musicales alegres. Era el baile del angelito o más conocido en España como la danza del velatorio o velatori del albalet.

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En España donde más se ha realizado ha sido en el levante, especialmente en Valencia y Alicante, y los niños eran aquellos menores de 7 u 8 años. Según algunos estudiosos, cuando moría uno de estos niños, sin pecado aún, iba directamente al cielo, y desde allí podrían beneficiar a su familia, por lo que era motivo de alegría. De ahí que se usara, y se siga usando el blanco en los niños, como señal de su pureza (al menos antes. Ahora con 8 años hasta puede estar fichado).Tampoco se les guardaba ningún tipo de luto. El ceremonial consistía en poner toda la escena de blanco, junto a flores, una corona de flores en la cabeza del niño y un grupo de parejas que bailaban, con letras como estas

La danza del velatorio

venid mujeres a bailar

que es danza que siempre se baila

cuando se ha muerto un angelito.

En esta casa se ha muerto

un angelito muy bien vestido

no lloren chicos por él

que ya ha acabado de sufrir

ANGELITO

Velatorio del angelito

 

casi todas ellas improvisados, realizando además una danza lenta y parsimoniosa, al ritmo de instrumentos de cuerda, mientras que los familiares daban higos, frutos secos,  vino etc a los asistentes. El baile no era frenético, sino lento, pero no con pena, sino con la alegría de que el niño había partido sin estar mancillado por el pecado.

ANGELITO

En la zona de Orihuela, con elevada mortalidad infantil, el obispo llegó a prohibir las fiestas de “mortichuelos”, que era como se llamaba allí. Esto escribía en 1775: “en número considerable de estos pueblos se ha introducido la bárbara costumbre de los bailes nocturnos con motivo de los niños que se mueren, no habiendo bastado para exterminar los daños espirituales y temporales que de ello resultan, el desvelo de mis antecesores y el mío, y excomuniones fulminadas para desterrarlo.Por dos y aún tres noches   […] suelen juntarse hombres y mujeres […] se gastan chanzas, invectivas y bufonadas contrarias a la modestia y consideraciones cristianas que presentan la muerte de un hijo y después se baila hasta las dos o tres de la mañana en que se retiran con griterío, relinchos y carcajadas”

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Dibujo de Gustavo Doré

Un viajero del siglo XIX, Charles Davilhier se encontró con la siguiente escena en Jijona

“En Jijona fuimos testigos de una ceremonia fúnebre que nos sorprendió grandemente. Pasábamos por una calle desierta, cuando oímos los rasgueos de una guitarra, acompañados del son agudo de la bandurria y del repique de las castañuelas. Vimos entreabierta la puerta de una casa de labradores y creímos que estaban festejando una boda, mas no era así. El obsequio iba dedicado a un pequeño difunto. En el centro de la estancia estaba tendido en una mesa, cubierta con un cubrecama, una niña de cinco o seis años, en traje de fiesta; la cabeza, adornada con una corona de flores, reposaba en un cojín. De momento creímos que dormía; pero al ver junto a ella un gran vaso de agua bendita y sendos cirios encendidos en los cuatro ángulos de la mesa, nos dimos cuenta de que la pobrecita estaba muerta. Una mujer joven —que nos dijo ser la madre— lloraba con grandes lágrimas, sentada al lado de la niña. El resto del cuadro contrastaba singularmente con aquella escena fúnebre; un hombre joven y una muchacha, vistiendo el traje de fiesta de los labradores valencianos, danzaban una jota, acompañándose con las castañuelas, mientras los músicos e invitados, formando alrededor de los danzantes, les excitaban cantando y palmoteando. No sabíamos cómo armonizar estas alegrías con el dolor:

“Está con los ángeles”, nos dijo uno de la familia. En efecto, tan arraigada tienen aquellos naturales la creencia de que los seres que mueran en la infancia van derechamente al Paraíso, “angelitos al cielo”, que se alegran, en lugar de afligirse, al verlos gozar eternamente de la mansión divina”.

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Estos acercamientos a la muerte del niño están más ligados a las concepciones populares y mágicas, lejos de la religión imperante. La muerte, como el nacimiento y otros actos de la vida por los que todos pasamos están rodeados de simbolismo y ritos, la mayoría para acercar el pueblo a la divinidad, en este caso por medio de la fiesta. Aunque ahora parece algo muy raro y del pasado, basta recordar que a los niños se les entierra de blanco.

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Ataúdes blancos en Lampedusa

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